No eres tu mente

Un mendigo estuvo junto a una carretera durante más de treinta años. Un día, un desconocido pasó por allí.

-¿Una Limosna? -murmuró el mendigo, alargando mecánicamente su gorro invernal.

-No tengo nada que darte -dijo el desconocido. A continuación preguntó:

-¿Sobre qué estás sentado?

-Nada -Respondió el mendigo-. Sólo una vieja caja. He estado sentado en ella desde no sé cuándo.

-Has mirado dentro alguna vez -preguntó el desconocido.

-No – dijo el mendigo, ¿para qué? No hay nada dentro.

-Echa una mirada – insistió el desconocido.

El mendigo aceptó tan desdichada propuesta por la insistencia de ese extraño hombre. Consiguó abrir la tapa y con infinita sorpresa, incredulidad y dicha vio que la caja estaba llena de oro.

Yo ahora mismo, soy ese extraño que no tiene nada que darte pero que te pide insistentemente que mires dentro de esa caja, esa caja a la que llaman mente o mejor aún, no pongas etiquetas. Mira directamente dentro de tí.

Deja de dirigir tu mirada hacia fuera, hacia la queja y la desdicha como hacía el mendigo y abre esa caja llena de oro que se esconde en tu interior, rebusca y encuéntrala.

Y entonces cuando hayas encontrado todo ese tesoro que albergas, puedes empezar a dirigir tu mirada hacia todo lo demás, dando lo mejor de ti porque lo tienes a mano, latente y fresco.

Pues ahora no te creas nada y corrobóralo. ¡ADELANTE!

GRACIAS.

Buena suerte, mala suerte, quién sabe…

Hoy te voy a narrar un cuento filosófico que a mi me hizo pensar muchísimo la primera vez que supe de él y que aún a día de hoy conservo en mi memoria para traerlo a la conciencia cada vez que me veo inmersa en ese afán humano de etiquetar hasta el más mínimo suceso, si yo hubiese nacido planta; ¡Qué fácil sería todo!

«Buena suerte, mala suerte, quién sabe»

Un granjero vivía en una pequeña y pobre aldea. Sus vecinos le consideraban afortunado porque tenía un caballo con el que podía arar su campo. Un día el caballo se escapó a las montañas. Al enterarse los vecinos acudieron a consolar al granjero por su pérdida. “Qué mala suerte”, le decían. El granjero les respondía: “mala suerte, buena suerte, quién sabe”.

Unos días más tarde el caballo regresó trayendo consigo varios caballos salvajes. Los vecinos fueron a casa del granjero, esta vez a felicitarle por su buena suerte. “Buena suerte, mala suerte, quién sabe”, contestó el granjero.

El hijo del granjero intentó domar a uno de los caballos salvajes pero se cayó y se rompió una pierna. Otra vez, los vecinos se lamentaban de la mala suerte del granjero y otra vez el anciano granjero les contestó: “Buena suerte, mala suerte, quién sabe”.

Días más tarde aparecieron en el pueblo los oficiales de reclutamiento para llevarse a los jóvenes al ejército. El hijo del granjero fue rechazado por tener la pierna rota. Los aldeanos, ¡cómo no!, comentaban la buena suerte del granjero y cómo no, el granjero les dijo: “Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?”.

Pues eso, está comprobadísimo que para poder etiquetar con certeza y sin equivocarnos en la previsión, un hecho como positivo o negativo han de pasar de 5 a 10 años. Así que, estás haciéndolo mal seguramente (yo soy la primera que cometo ese error a diario)

¿Vas a pensar en este cuento la próxima vez que te fustigues con tu mala suerte ante ciertos sucesos? Espero que si o que al menos empieces a tomar conciencia de la cantidad de mensajes negativos que te mandas a diario y que no sirven para nada, ese es ya un gran paso hacia la libertad, hacia poder tomar las riendas de tu vida entrenando el músculo de la razón.

-¿Tiene solución? No le des vueltas, resuélvelo.

-No tiene solución. No le des vueltas, pasa a otro asunto.

De todas formas no te creas nada y compruébalo con tu propia experiencia, verás la cantidad de oportunidades que te proporciona la vida para poner este cuento en práctica.

¡GRACIAS!